El cuento corto o epifanía moderna, por Mónica Gómez

4 diciembre, 2017 Actividades

literatura

Se dice que el cuento largo es una bonita forma de decir mentiras, difícil de escribir, complejo y fascinante.

Hoy, quizás por el momento que vivimos, vertiginoso y oscuro, toma vigencia el cuento corto, extraordinario trabajo literario de síntesis que de forma mágica nos descubre una verdad subyacente en un texto de pocas palabras y fuerte contenido.

Lo llamamos cuento corto, trozo de vida, desfogue de irracionalidad o epifanía en su sentido de revelación de una verdad.

Antiguamente, según las culturas sólo los profetas, los santos y chamanes poseían este don. Hoy la farsantería del mundo moderno nos ha llevado a creer que la superchería y la farsa pueden dar también una revelación…una epifanía.

No es así.

Que los ingenuos lo crean, no es nuestra posición.

Existe, sí, creo, el espacio de la clarividencia de unos pocos elegidos y- pienso y estoy convencida- el lugar místico más allá de las iglesias y que hoy es considerado como la nueva catedral …el arte.

Es aquí en el arte, ámbito no mencionado donde se da con mayor fuerza la legítima epifanía.

Lugar de creación que en sus formas más nobles contiene una revelación que va más allá de la realidad o cotidianeidad.

Sería ambicioso de mi parte intentar siquiera introducirme en un campo tan vasto como inexplicable, lo que sí puedo hacer es relatar mi propia experiencia como literata.

He aquí algunos cuentos cortos de mi autoría que por respeto a los protagonistas (innombrados en todos los casos), me revelaron profundas y ocultas verdades y/o la incertidumbre de dudar lo que veían mis ojos o escuchaban mis oídos, iniciando así el proceso de descubrir verdades detrás de las apariencias.

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Mónica Gómez

Escritora y Gestora Cultural

 ESTRICTAMENTE   ORNAMENTAL                   

Era de  madera de sándalo color marrón, con incrustaciones de marfil y filetes dorados. Preguntó  fecha… ¡De mil novecientos dos, una verdadera maravilla! -contestó el anticuario.

Peso a peso juntó los trescientos  mil, con cuidado lo envolvió en la franela y se lo  llevó a casa   ¡era la pieza más valiosa que había tenido nunca en sus manos ! – aunque no sirviera para nada- pensó.

Por la noche, exactamente a las doce, detrás de los vidrios de la vitrina y decorando el lugar de honor con su estructura de  madera de sándalo color marrón, incrustaciones de marfil y filetes dorados, y contrariando completamente su estricto deber ornamental… el teléfono sonó.