EL CUENTO FANTÁSTICO Y “LA CITA DE IBEL DOT”, POR MÓNICA GÓMEZ

12 diciembre, 2017 Actividades

literatura

No todo lo que se trabaja como cuento, es cuento. Se suele confundir relatos, narraciones de historias personales, anécdotas y otros textos libres o sin género como cuentos.

El cuento es una estructura compleja que requiere de fuerzas en conflicto, cómo interactúan la una sobre la otra y viceversa y referente a un tema digno de ser contado.

En esto del cuento, luego de un curso con Oscar Hahn me apasioné por este tipo de literatura, aunque – creo- ya venía hace mucho tiempo gestándose la semilla en la escritura del cuento corto.

El misterio ante lo desconocido era el elemento estimulante como corresponde a la aventura que significa el escribir sin saber el destino del escrito-especialmente en una sociedad donde se lee muy poco.

El centrarse en planteamientos que rodean los misterios del ser humano, como el tiempo, el espacio, los sueños, las dimensiones, la locura y la muerte incitaba a la elucubración.

Y al mismo tiempo el no pretender resolverlos, sino qué mezclando elementos reales, ausencia de respuestas y la imaginación, crear una obra transgresora que llevara a la incertidumbre y la meditación del lector – y porqué no decirlo de una también.

Así fue como escribí el cuento fantástico “La cita de Ibel Dot”, inspirado en la obra pictórica “Requiem”, de la talentosa artista Carmen Aldunate quién, con su generosidad ampliamente conocida, me autorizó a usar como inspiración.

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Mónica Gómez, gestor cultural.


 

La cita de Ibel Dot           

Hoy sucederá lo temido y deseado – sintió.

Era sin duda una verdadera premonición, sin palabras, sólo el pensamiento (¿o el corazón?).

 Ibel Dot había sentido esa frase hacia el atardecer, momento únicamente refrescado por la brisa que llegaba del mar, y no sabía cómo interpretarla, ya que no era un día especial, ni nacimiento, ni muerte de un ser querido, ni otra situación digna de recordar.

(Pensó en el cuaderno donde su madre escribía la sabiduría más oculta y que mencionara como a ciertas personas un día cualquiera se les daba un conocimiento que le advertía de un suceso muy importante ocurriría en sus vidas).

Este veintiuno de enero de 2017 el sol había alumbrado las playas con un extraño color ámbar y el calor adormecía tanto los sentidos que al inicio de la noche aún se veían bañistas audaces entre las olas o tendidos en la arena.

La premonición se había dado mientras Ibel Dot visitaba la exposición La Muerte y el Mar de la consagrada pintora chilena Carmen Aldunate.

 Impresionante muestra con doce obras de personajes andróginos, de rostros estilizados y mirada perdida en un espacio más allá de la realidad, sin mácula, eternos, vestidos con pesados trajes medioevales de grandes pliegues oscuros semejantes a cavernas milenarias.

 Seres con atuendos del pasado (máscaras convencionales del tiempo humano) y rostros del futuro.

La fisonomía universal del ser en un sólo instante.

A su vez que incidía en su fracaso, el nulo talento que lo limitaba en el deseo por alcanzar la pintura, con suerte, borronear una vez un torpe boceto en un lienzo sin destino que jamás alguien vio.

La mayoría de las obras eran imágenes aisladas, unas con sus fetiches cotidianos, otras carentes de entorno e impregnadas de un ambiente de profunda y soledosa soledad.

Toda la muestra con una ausencia de realidad exquisita.

               “Cada exposición es un largo, larguísimo viaje, y cada personaje es un cajón cerrado que quizás algún día yo o alguien pueda abrir”- había dicho en esa oportunidad a los medios de difusión Carmen Aldunate.

                El hombre escuchó con atención las palabras de la artista, cuyo contenido era un enigma para él, quien siempre se había asombrado ante la capacidad del artista (hijo de un Dios y una mortal según la leyenda) de crear supra o infra mundos sorprendentemente perfectos.

Vestido para la ocasión (algo excesivo el terno formal negro), acompañaba- en su calidad de snob ya que la invitación era personalizada y no a su nombre- a la más respetada de las pintoras.

Ibel Dot se paseó lentamente, acercando y retrocediendo frente a los cuadros como un verdadero especialista.

 Parecía una puesta en escena, con personajes extraídos de una representación teatral shakespeariana, unidas las imágenes por un resplandor índigo, único vínculo visual de lo que semejaba una gran escenografía.

 El mar quizás.

 Y esa obra, la penúltima del pasillo, titulada La Mujer de los Tulipanes Azules, la más impresionante de todas.

Era una pintura que tenía en algunos segmentos la transparencia del cristal

del agua, y en otros la densidad del aceite, del óleo, de una majestuosa dama azul celeste en un traje con exceso de pliegues que semejaban senderos sin fin–signo característico en la obra de Aldunate–aprisionada entre los bordes asfixiantes del marco y entre sus manos, en su regazo, un gran ramo de tulipanes de belleza asombrosa semejante a la de un zafiro.

Esa visión y el nombre de la obra lo intrigaron.

Que enorme hallazgo significaría abrir ese cajón que guardaba el secreto de la pintura.

 No supo cómo entró en un encantamiento por ese bello rostro futurista.

 El tiempo le pareció confuso como si sólo se tratara de una artimaña humana. Imaginó que la joven era la portadora de un mensaje ancestral, más allá de las divisiones humanas del tiempo, el espacio, el bien y mal, el día y la noche, el amor y el odio, la belleza y la fealdad, la vida y la muerte.

Un ser del universo, del absoluto.

Se obsesionó con esa visión misteriosa (nunca le habían interesado los seres humanos) y la posible revelación que traía.

Y el delirio se posesionó de él.

El ramo de tulipanes de un azul ligero debía ser una ofrenda para alguien sagrado –un ángel, un monstruo o un demonio-.

Deseó tomar clandestinamente una fotografía, pero su ética le indicó que sería severamente sancionado, y comprarlo…de ninguna manera, eso era un imposible para él con sus siempre escasos recursos económicos.

El azul perceptible y el celeste imperceptible que unía conceptualmente la muestra quedaron fijos en la retina del hombre e invadió sus ojos pardos.

La mujer tenía algo de su madre, su hermana y su novia de la infancia.

Y la siguió viendo en su interior, al principio como una sombra, delineado su entorno y en relieve el ramo de tulipanes, como si fuera lo único verdadero.

Un personaje hermético – pensó -sabía que el lenguaje del arte portaba mensajes crípticos.

La Mujer de los Tulipanes Azules ya estaba en lo profundo de su mente… y al parecer… de su corazón.

Y deliró ser el otro (el que no pudo ser), que su rostro resplandecía en su delgadez extrema y no extrañaba el alejamiento de su natal Cataluña, ni la conciencia de una vida miserable de la cual nunca había podido huir, ni de ser siempre un espectador en todo y nunca el protagonista de algo.

Ya nada era necesario salvo el rostro enigmático de la mujer del cuadro.

Y la deseó con todas sus fuerzas.

La ansiedad lo poseyó.

Se dijo que por fin le estaba sucediendo algo digno de vivir y deliró haber dormido mucho, no supo si estaba en el tiempo de un segundo o de un siglo.

Se sentía muy cansado como si hubiese atravesado un largo camino y despertara en un tiempo de dicha, de serenidad y equilibrio, que nuevamente estaba en su tierra madre con los amados y los suyos y que no era real el abandono involuntario de su patria (en ese momento comprendió que su tristeza era el padecimiento de una profunda nostalgia).

Y se imaginó a sí mismo con un gesto de felicidad en el rostro otrora atormentado y como sus manos, antes mudas, le daban el arte de pintar telas de oro, aflorando en él las ideas y manifestándolas en gloriosas imágenes de mundos luminosos.

Tenía el poder de un Dios.

En su estado de exaltación creyó que ya no era parte de este universo.

Se miró en su espejo imaginario y el reflejo le reveló que el pardo de sus ojos se había convertido en un extraordinario azul transparente semejante al fondo del cuadro y que unido a su siempre delgadez inaudita, le daban el extravagante aspecto de un ser imaginario.

Elucubró que alguna vez le habían comentado que los cambios auténticos los producía el amor, por lo que irracionalmente pensó podía ser esa la transformación.

La verdad no lo comprendía, se sentía en un estado confusional desde el momento de ver la pintura con esa hermosa mujer y los tulipanes azules, quién al parecer en un momento de distracción de su alma, había entrado en sus sentimientos.

Y pensó que quizás esa era la esperada cita con el ideal perfecto.

La experiencia de algo distinto a sus cincuenta y nueve años mal vividos, debía ser un regalo enviado de los cielos -deliró – un hecho que lo libraría de un destino aciago, según su propia concepción de la vida.

Parecía que por fin su infelicidad permanente había sensibilizado el corazón de los dioses; no era posible que no hubiese dicha para él quien aunque nunca había hecho algo malo tampoco bueno… como si su nacimiento hubiese sido un error de la naturaleza y nada le fuese posible de concretar…ni siquiera la eternidad de los hijos.

Y el delirio cesó.

En un instante se reencontró a sí mismo en la galería, pero en otra muestra pictórica, se paseó inquieto mirando de reojo hacia la puerta y se detuvo abruptamente al ver en medio de la galería un cuadro con el rostro de mayor delicadeza femenina jamás imaginado.

Se acercó a la figura y su corazón se detuvo: el rostro era el de la Mujer de los Tulipanes Azules.

La sorpresa lo enmudeció, quiso decir algo, pero no pudo – sabía que estaba consciente- se paralizó y por un momento pensó que sus ojos lo engañaban.

Tuvo miedo de la verdad.

Aquello era lo más semejante al encuentro con una obsesión.

Y la epifanía se manifestó… la cita deseada durante toda su vida se daría. Y sería con la perfección de lo que significaba un ser únicamente existente en el mundo de las ideas.

La insoportable sensación de la realidad lo atrapó, miró su reloj y comprobó que eran las diez de la noche-aún faltaba para que el día terminara-se retiró del lugar angustiado (temió nuevamente un antiguo ataque de tristeza, otra vez esa peligrosa sensación de frustración que lo inducía al suicidio).

Inquieto, decidió irse y caminar descalzo por la playa, le molestó la aspereza de la arena entre los dedos de la que algún día – se dijo – debió haber sido rocas gigantescas y el mar moliese hasta transformar en polvillo brillante.

El vacío de su existencia lo invadió nuevamente, el estar lúcido parecía ser la gran pesadilla y derrotado se tendió en la playa inmaculada y tibia como la matriz de una mujer virgen.

La paz del silencio lo aletargó y aunque deseaba permanecer despierto se durmió profundamente.

Y en su sueño la mujer de los tulipanes azules llegó.

E Ibel Dot aceptó entonces que venciendo su más obscuro terror había acudido a la cita deseada y temida durante toda su vida y de la forma más gloriosa a la que un ser humano podía haber aspirado jamás.

La página internacional de los periódicos del 21 de enero del año 2017  mencionó un hecho inexplicable “A orillas de una   playa  del cono sur, se había encontrado el cuerpo de un hombre extremadamente delgado, sin ningún documento que lo identificara, vestido de negro, descalzo, muy abiertos sus grandes ojos azules, el cabello brillante por la sílice de la arena y sobre su pecho un espléndido y al parecer recién arrancado, tulipán azul, exquisita flor de poder venenoso, oriunda de  las cuevas de Kazajistán y desaparecida  de la faz de la tierra desde hacía más de quinientos años”.

 

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